Ordo Fratrum Minorum Capuccinorum

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“Un camino difícil y perfecto”

Pablo VI

a los participantes en el Capítulo General
de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos

21 de octubre de 1968

¡Queridos y venerados Hijos de San Francisco! ¡Queridos hermanos capuchinos!

No habéis querido terminar vuestro Capítulo General especial sin pedir esta audiencia con Nos, antes de reemprender el camino de vuelta a vuestras casas y a vuestras ocupaciones, que vuestra vocación y obediencia religiosa os asignan. Queréis nuestro saludo y nuestra bendición: gustosamente os damos el uno y la otra, contentos de reconocer simbolizado en el presente encuentro el doble encuentro que siempre ha distinguido a vuestra Familia religiosa con la Santa Sede: esto es, el de vuestra devoción y el de nuestro afecto; expresiones ambos de una mutua confianza, en nuestro ministerio apostólico el primero, en vuestra profesión franciscana el otro. Sed, pues, confirmados en el camino elegido por vosotros y sed bendecidos.

Habéis elegido, Hijos carísimos, un camino difícil; el “camino estrecho” del Evangelio. Tal es el camino franciscano: “era justo, escribe San Buenaventura, que este afortunado varón apareciera distinguido con tan singular privilegio, ya que todo su empeño -lo mismo en público que en privado- se cifró en la cruz del Señor” (Leyenda menor, 6,9). Efectivamente su ánimo, lleno de fe y de amor hacia la Persona evangélica de Jesús hizo de Francisco el imitador por excelencia del Señor. Imitador de Jesús en sus rasgos mansos, humildes, pobres, siempre radiantes, de Jesús en su aspecto como en su palabra, en su acción, en sus conversaciones humanas, en su contacto con la naturaleza, en el drama de su pasión y de su profunda, infinita y divina interioridad. Esta imitación le exigió una entrega heroica, un despojo total, una simplicidad única, una dulcedumbre incomparable, hasta el punto de disuadir a cualquiera que quisiese ser un seguidor tibio y puramente formal, y animando, en cambio, a cualquiera que aceptase dejarse atraer por el encanto existencial de su humildísima y santísima personalidad. Escribe la beata Ángela de Foligno: “Beatus Franciscus docuit nos paupertatem, dolorem, de spectum et obedientiam veram. Ipse enim fuit ipsa pau pertas interius et exterius; per ipsam vixit et continuavit” (Liber de vera fidelium experientia). ¡Camino difícil!

Y que verdaderamente sea así, lo confirma la historia de vuestros orígenes, que explican la razón de ser de vuestra familia religiosa, si recordamos cómo ella está marcada como una reforma en el seno de una observancia que era ya una reforma, orientada totalmente a llevar a la práctica la regla franciscana en su rigor literal. Vosotros diréis cuál es la verdad histórica de la voz que Mateo de Bascio, el primero de vuestro grupo, habría oído pronunciar al mismo san Francisco: “¡Quiero que mi regla sea observada a la letra, a la letra!”. Todo el espíritu y toda la vida de los Capuchinos indican precisamente que están caracterizados por este vehemente propósito de genuina fidelidad a las más humildes, a las más arduas, a las más originales expresiones del primitivo franciscanismo (cfr. Bernardino de Colpetrazzo, Crónica; y Boverio, con las observaciones del Pastor IV; II, 728). ¡Camino difícil!

El reconocimiento que el Papa Clemente VII concedió a los primeros promotores de vuestra fórmula “capuchina”, Ludovico y Rafael de Fossombrone, con la Bula “Religionis zelus” (3 de julio de 1528), no mitigó sino que sancionó el contexto de radical retorno al rigor de la regla originaria, que así revivida demostró inmediatamente su fecundidad maravillosa, ya atrayendo a un grandísimo número de seguidores, ya demostrando una gran vitalidad apostólica en la predicación popular y en las osadías de la caridad, ya en el favor de la Iglesia, de los buenos fieles especialmente, que rodearon a los Capuchinos de aquella confianza y simpatía que merecidamente han idealizado la figura, como la que quiere reflejar en el perfil franciscano la figura moral y profética de Cristo. Así vuestra tradición camina por el camino difícil decíamos, por la vía estrecha del Evangelio, y llega a nuestros días entre el estupor del mundo, que no sabe cómo justificar el gran anacronismo, que vosotros representáis en una sociedad animada por ideales en gran medida opuestos a los vuestros, que, sin embargo, al mismo tiempo sufre aún, -¡y en qué medida!- la fascinación de vuestra inexplicable supervivencia. La devoción que ha rodeado al Padre Pío, arrancado de la escena terrena en estos días, lo manifiesta.

Aquí surge una cuestión que vosotros habréis resuelto, en teoría y en la práctica, quién sabe cuántas veces: ¿cómo un tipo de vida tan riguroso, tan extraño en su hábito, tan diferente del estilo de vida moderna, encuentra aún hoy numerosos y fieles seguidores, y admiradores y devotos en tan amplio radio de un mundo, que parece refractario e incluso muchas veces hostil, a las manifestaciones de una vida religiosa tan tradicional e integral? La respuesta que vosotros dais es esta: porque es un tipo de vida perfecta; difícil, sí, pero perfecta; perfecta quiere ser, en efecto, en las formas de la humildad, de la simplicidad y de la pobreza del Evangelio; es perfecta en las intenciones, en los propósitos, que tratan de adecuar, como este Capítulo se ha propuesto hacer, la realidad de la observancia religiosa vivida al ideal franciscano preestablecido. De donde nace una magnífica apología del Evangelio, de su perenne actualidad y de su misterioso secreto capaz de atraer aún hoy los corazones humanos; y al mismo tiempo, deriva, en quien ha tenido la singular y feliz vocación de seguir tal ideal, un deber siempre nuevo, siempre urgente de auténtico testimonio. No son los irreflexivos conformistas a los gustos del mundo, a las formas profanas de las costumbres modernas, a las corrientes indiscriminadas del pensamiento secular los que dan juventud y vigor a la vida religiosa, sino la inteligencia límpida de las dos realidades que el Concilio une en una única visión: la realidad histórica y espiritual de las fuentes de un instituto religioso y la realidad práctica y apostólica de las necesidades actuales, el pasado y el presente; la tradición y la experiencia; fidelidad a las constituciones originarias e inspiradoras y la adhesión a las necesidades y a los deberes propios de nuestro tiempo. Dice efectivamente el Concilio: “la renovación de la vida religiosa supone el continuo retorno a las fuentes de toda vida cristiana y al espíritu primitivo de los institutos y al mismo tiempo la adaptación de los institutos mismos a las cambiantes condiciones de los tiempos” (PC 2).

Antigua y moderna puede ser vuestra vida. Habéis elegido un camino difícil y un camino perfecto según las más severas exigencias del Evangelio de los Pobres. Es necesario entonces, en esta hora postconciliar, en la que se trata de avanzar por este camino, y de trazarle la dirección para el futuro, un acto, un esfuerzo de buena voluntad, un acto, un esfuerzo, que vuestra escuela franciscana os educa para realizar con valiente y alegre desenvoltura, fundada como está en la imitación de Cristo, confiada siempre en su gracia, y generosa siempre hasta el sacrificio. Nos no dudamos que vuestro Capítulo ha trabajado en este sentido; y no queremos entrar en el examen de vuestro trabajo capitular. Nos limitamos a recomendaros que los llevéis a término con conclusiones parenéticas y normativas muy serias. Y no os diremos más sobre lo que concierne a esto; por lo demás, las instrucciones de nuestra Congregación de Religiosos os son conocidas; haréis cosas buenas, en todo sentido, siguiéndolas con espíritu dócil.

Pero, como deseáis tener también recibir de Nos algunas exhortaciones, concluiremos estas palabras, exponiéndoos simplemente algunos deseos, que llevamos en el corazón, no tanto sugeridos por las condiciones de vuestra Orden, sino más bien por las necesidades generales de la Iglesia. Primera necesidad. La Iglesia necesita almas religiosas que lleven una vida interior intensa. Cuanto son más fuertes, atractivos, seductores los estímulos con los que el mundo de hoy acosa y se apodera de la psicología y de la actividad humana, tanto más se necesitan almas que se defiendan de esta absorbente y abrumadora exterioridad, que sepan reconducirla en el interior de la conciencia, de la reflexión, de la oración, y que busquen el encuentro con Dios allí donde Él se acerca y se revela, en el silencio del espíritu. Esto no es extraño a vuestra norma de vida: Eremitas Franciscanos o llamasteis al principio, recordando cómo la soledad, la meditación, la contemplación fueron amadas por san Francisco. Hoy la Iglesia promueve la reforma litúrgica, pero esta se conjuga muy bien con la contemplación (cfr. Maritain, Liturgie et contemplation, Desclée de B.), también porque encontramos en la reforma litúrgica dos características principales: el mayor honor dado a la escucha de la Palabra de Dios y la mayor participación de los fieles en las celebraciones sagradas. También en este campo vuestra propia simplicidad fervorosa en el ejercicio del culto puede encontrar en este programa de la Iglesia materia para vuestra espiritualidad y un óptimo alimento para vuestro apostolado. Ayudando a la Iglesia en la autenticidad, en la belleza, en la sociabilidad de su revitalizada oración litúrgica os ayudaréis a vosotros mismos en una perfección espiritual que también os sienta bien, y adquiriréis una mejor cualificación para ser maestros de almas y profetas del pueblo.

Necesita ahora la Iglesia vuestra serena y sabia austeridad. ¿Podremos pensar en un religioso indulgente con las superfluas y mundanas comodidades que se infiltran hoy también en los conventos y en los presbiterios? ¿Qué corra a disfrutar de distracciones profanas y discutibles, con el pretexto de tener que conocer todo o de poder acercarse a los hombres de hoy en su realidad fenoménica vivida? ¿Qué prestigio puede tener un religioso imbuido de experiencia sensible y privado de experiencia espiritual sincera y dolorosa? A este respecto vuestra pobreza, mientras se abre a la comunión con Cristo en la libertad del espíritu, en la capacidad de valorar todo bien de la creación, en la sencillez sin adornos, pero integrada de vuestra persona, os atrae la estima, la confianza, la admiración de aquellos mismos que no saben imitaros. Para vosotros la pobreza es una fuerza, es una dignidad. La Iglesia tiene necesidad de aprender de vuestra fidelidad al Evangelio y al pobrecillo Hermano Francisco.

Y tantas otras necesidades tiene la Iglesia, para las que cuenta con vosotros. Una de estas necesidades (y no diremos más) es el apostolado popular, además del pastoral y el cultural. Vosotros sois, y podréis ser aún más, especialistas de tal apostolado. Gozáis de la confianza de las personas que, superando un difuso complejo de timidez, se acercan al Padre Capuchino en el tribunal de la Penitencia. ¡Qué necesario es hoy para la Iglesia tener muchos y valientes Confesores! Si quisierais especializaros, con la ciencia moral y psicológica, espiritual y mística, que hoy conviene para el ministerio de las Confesiones, haríais una contribución preciosísima a las almas, a la Iglesia, a la gloria del Redentor. ¡Y otro tanto podéis hacer con vuestra predicación: simple, sabia, alimentada por la Palabra de Dios y por la experiencia humana, documentada con el ejemplo y confirmada por la caridad! ¡Nos hemos preguntado a menudo cómo los Hijos de San Francisco no están presentes como les convendría, en medio de las masas trabajadoras, con su palabra popular, con su vocación a compartir el pan sudado de la gente humilde, y con su capacidad de hacer brotar la alegría y la esperanza entre las espinas de la vida! Lo sabemos: estáis ya muy comprometidos, y sois pocos ante las llamadas que se multiplican a vuestro alrededor; pero os manifestamos lo que pensamos de lo posible y providencial de vuestra misión en el mundo.

Y es precisamente para el ejercicio generoso y constante de esta misión por lo que Nos en este momento, en nombre de Cristo, os damos gracias. Sabemos que estáis silenciosos y recogidos, en la oración, en la fraternidad, en la penitencia en vuestros Conventos. Sabemos que sois peregrinos incansables por los senderos del ministerio sacerdotal y en el apostolado multiforme: en los hospitales, en las prisiones, en los cementerios, en las periferias urbanas, en las leproserías, en las misiones lejanas, en todas partes. Sí, Nos os damos las gracias; y, exhortándoos a permanecer fieles, unidos y fuertes en vuestra Familia religiosa, imploramos sobre vosotros, sobre vuestros hermanos y sobre cuantos vosotros asistís, consoláis y derramáis la protección del Hermano Francisco, impartiendo a cada uno y a todos nuestra apostólica bendición.

Traducido del italiano por el Hno. Jesús González Castañón, OFMCap